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martes, 3 de octubre de 2017

Ponerle puertas al campo



En la película Una noche en la ópera, Groucho Marx menciona unos macarrones rellenos de bicarbonato, capaces de provocar y curar la indigestión al mismo tiempo. Más allá del portentoso producto, la vida del Barcelona se mueve en situaciones que recuerdan mucho la dualidad expresada en la pasta del filme. La decisión de disputar el encuentro del domingo a puerta cerrada se enmarca en ellas.

No tiene suerte esta Junta porque prácticamente todo lo que intenta construir acaba desmoronado, bien por errores propios, bien por acciones ajenas. Su gesto del pasado fin de semana debe entenderse en el marco de unos graves incidentes de orden público vividos en lo que se pretendía una jornada festiva y participativa en Catalunya, sin entrar en la legalidad o no del motivo. Ante la violencia registrada en algunos puntos, el club decidió que una buena forma de solidarizarse con quienes están a favor de la paz, venga del lado que venga, era aplazar el partido. De esta manera se conseguían dos cosas: la filosófica, adherirse al movimiento colectivo, y la crematística, organizar un evento en un día con menos carga simbólica y, por tanto, con menos riesgo de incidentes de cualquier clase.

Lo intentó el Barcelona, pero ni la Liga ni el cuerpo de Mossos d’Esquadra fueron sensibles con su petición y hasta este punto todo estaba más o menos en consonancia con la primera idea. De pronto alguien pensó que los jugadores y técnicos tendrían algo que decir. El consenso es un gran aliado en un acto rebelde y por ello, con todo el sentido, se comentó la jugada con la plantilla aunque su respuesta fue práctica y no ideológica: aquí cuesta mucho ganar puntos como para exponernos a que nos birlen seis por la legalidad vigente, parecieron transmitir al presidente. En ese momento, los últimos andamios de la obra institucional acabaron por derruirse.

Contentar a todo el mundo es imposible y tanto como existen aficionados del Barcelona que clamaban por la suspensión, otros hay que prefieren separar del todo la política del deporte, sin admitir la especial idiosincrasia y realidad del club, siempre abierto a las inquietudes de la sociedad catalana. De cualquier modo, la decisión final fue un híbrido, concepto tan de moda en los vehículos contra el cambio climático, pero tan tibio en una medida revolucionaria: el Barcelona-Las Palmas se jugaría a puerta cerrada, tras una decisión tomada con cientos de seguidores en las puertas de acceso al estadio.

La comunicación fue lenta y escasa, limitada a un comunicado cuando faltaban pocos minutos para la hora de inicio del choque. Más tarde, el señor Bartomeu explicó que a cambio de la impopular determinación obtendrían Catalunya y el propio Barcelona la notoriedad de un coloso vacío. Es posible que esta afirmación tenga base pero es también más probable que la relevancia de una renuncia voluntaria a media docena de puntos fuera mucho mayor en todo el mundo. En todo caso, si la apuesta fue en algún momento no jugar el encuentro, para cometer esta infracción no eran necesarias la Liga, los Mossos, Las Palmas ni el vestuario. Con no abrir el estadio a nadie y esperar sentado a las sanciones ya bastaba. Por este resquicio es por donde se  le escapó la credibilidad al coraje de la Junta.

De igual manera se ha suscitado el debate sobre quién manda en la entidad: aquellos a quienes ha elegido el socio o aquellos a quienes adora el socio. Es difícil decir cuál es la situación presente, casi tanto como afirmar cuál debería ser esta por el peculiar estatus que posee una plantilla, en cualquier club convertida en una fuerza de élite dentro de la nómina de trabajadores. La idea más racional, en todo caso, sería que los dirigentes son quienes deben dirigir la gestión aunque padezcan reiterados síndromes de Estocolmo en su trato con los jugadores. De haber asumido el deseo de los directivos, lo más probable es que no se hubiera celebrado el encuentro.

Una Junta débil conlleva decisiones discutidas, independientemente de su acierto. Es la triste realidad de un colectivo que por muy bien que diseñe sus acciones siempre acaba teniendo que tapar alguna vía de agua. En este último episodio se han anunciado incluso deserciones de compañeros de palco, en desacuerdo con la decisión final y convencidos de que, en algunas ocasiones, sí se puede poner puertas al campo.


lunes, 25 de septiembre de 2017

Valverde es el tridente

La penicilina ha salvado muchas vidas y su descubrimiento fue casual, al parecer por un descuido del científico Alexander Fleming. La providencia ha abierto la puerta de grandes descubrimientos y avances, que llegan hasta el mismo inicio de la existencia del universo conocido a través de la detección involuntaria por Penzias y Wilson del eco de la explosión primigenia. Con estos precedentes, no resulta extraño comprender que Ernesto Valverde, un técnico contratado para manejar al tridente del Barça, se haya convertido en el mejor gestor del equipo en la era posterior al trío de delanteros.

Debe creerse que cuando el presidente del Barcelona aceptó la propuesta de Valverde como nuevo entrenador pensaría que tras la marcha de Luis Enrique sería el candidato más adecuado para dirigir los pasos de Messi, Neymar y Suárez. Con esta responsabilidad, unida al rescate emocional y deportivo del equipo, fue presentado el preparador. Pocas semanas después, su cometido perdió el encargo relativo al tridente por la espantada del brasileño pero multiplicó la parte de la recuperación anímica: Valverde ha tenido que trabajar con unas coordenadas muy diferentes a las que se dieron el día de su firma.

Ya empezó cruzada la singladura del técnico, pregonado en una rueda de prensa del presidente enmerdada por otros temas que se comieron la felicidad del anuncio. Fue muy injusto que su nombre apareciera enturbiado en el mismo escenario y tiempo por los de Sandro Rosell, un ex presidente presidiario, y Joan Laporta, otro ex mandatario denunciado por el propio club. Tanto combate en el temario provocó que Josep Maria Bartomeu, para describir a su nuevo entrenador, empleara un catálogo de tópicos vacíos y unas explicaciones atroces que solo desmerecieron al protagonista cuando seguro que su intención habría sido otra más aceptable.

Aun así, Valverde ha conseguido en seis jornadas y algunas semanas más de trabajo cumplir con su doble misión: gestionar al tridente y levantar el ánimo y los puntos. Además ha sido capaz de encarar con éxito la disolución del triplete atacante y encontrar una solución ingeniosa para reemplazarlo en el dibujo y en el corazón de los barcelonistas. No solo no ha protestado ante el cambio de las condiciones sino que ha sido capaz de poner sensatez desde la sala de prensa a una coyuntura en la que se hablaba más de un socio que aún no ha presentado su moción de censura que de futbolistas que han ganado más de una Copa de Europa. Frente a la dicotomía, paz: esta ha sido la fórmula mágica del preparador.

No es el Barcelona la organización que mejores portavoces posee y sus directivos y ejecutivos se esfuerzan en dar la razón al mantra. Por este motivo llama tanto la atención que Valverde sea a la vez tan explícito en sus comparecencias y tan respetuoso. Su antecesor en el cargo optó por otra vía de comunicación, mucho más combativa, con sobre el papel menos motivos, más allá que su propio carácter. En caso de haber querido iniciar un incendio, a Valverde se le han proporcionado herramientas y móviles suficientes para hacerlo. En su lugar, ha preferido apagar los que otros, por acción u omisión, han ido propagando.

Existían dudas sobre su adaptación al sistema pero el técnico ha entendido que no se puede hablar de filosofía con el estómago vacío. Con la existencia de no pocos asuntos para encender los ánimos, su fórmula calmante pasa inevitablemente por los resultados. Pocos han recordado que el Barcelona no ha jugado con dos extremos en este inicio de temporada o que ha duplicado pivote defensivo en alguna ocasión. Bien alimentado el cuerpo, el alma se amansa.

Con sentido común y gentileza ha esquivado Valverde polémicas sobre su club y sobre los equipos rivales. No ha enfangado las portadas ni comprometido la imagen de la entidad. Por el precio de un entrenador, el señor Bartomeu ha conseguido todo un tridente, al lograr los servicios de un entrenador, un portavoz y un pacificador.


martes, 5 de septiembre de 2017

Proteger al presidente del Barça

El Barcelona ha encadenado al menos dos ejercicios de comunicación en pocos días, tal que si una deuda con la transparencia tuviera que ser saldada antes del apresurado final de una etapa. Sin más protocolo que la costumbre, informó con detalle de sus maniobras en la ventana de fichajes del verano y también de manera consuetudinaria colocó a su presidente en las portadas de los dos principales diarios deportivos de la Ciudad Condal con pocos días de diferencia.

Una operación que en cualquier otra circunstancia colmaría de elogios a sus impulsores ha derivado en cambio en un entramado de sospechas y recelos, del que podría echar mano Agatha Christie, de estar viva, en los momentos de menos inspiración. Como si de una trama de misterio se tratara, la intervención de los responsables del Barça ha entreabierto la puerta del crimen sin que los esquivos culpables hayan desvelado con claridad su participación en el mismo. Por un lado el responsable del deporte profesional de la entidad, Albert Soler, y el secretario técnico, Robert Fernández, hicieron el repaso a uno de los períodos de entretiempo más cuestionados de los últimos años del club. Por otro, el presidente, Josep Maria Bartomeu, contentó al par de medios deportivos con su punto de vista respecto a esas semanas de mercado y alguna que otra nota de actualidad.

En ambos casos se pretendió informar desde la posición más ventajosa para el Barça, lo cual es manifiestamente recomendable. La rueda de prensa, con unas normas de participación que impiden las discusiones, y la entrevista, con la mermelada habitual que se obtiene de aquellos que entienden que esas páginas son su mejor aportación al periodismo del día. La comunicación barcelonista protegió a su presidente, lo cual es, por detrás de la preservación de la propia institución, su principal cometido: evitó que fuera el que se enfrentara a las preguntas abiertas en una conferencia de prensa y, al mismo tiempo, le apartó de cualquier posibilidad de transmitir una mala noticia. A cambio, satisfizo los deseos de dos medios afines a los colores y volcó una catarata de mensajes en sus páginas en voz del máximo mandatario.

Otra cosa es que la estrategia colme las aspiraciones informativas de los aficionados y que satisfaga las inquietudes del resto de medios que no han tenido acceso a las declaraciones del señor Bartomeu. Pero desde el punto de vista del trabajo técnico, es casi inapelable la idea puesta en práctica. Al margen de que casi no hubo tiempo entre ambos eventos, quizás lo más rebatible sea la categoría de los mensajes esgrimidos y el talante de uno de los intervinientes, Albert Soler, quien varió su actitud durante la rueda de prensa que sirvió de resumen del mercado de fichajes, desde la docilidad hacia la arrogancia, en una maniobra que, tal vez llevada a cabo inconscientemente, no dejó de llamar la atención a no pocos de los asistentes.

El señor Soler renunció a su acta de diputado para incorporarse al Barcelona hace unos años. De una vida en la que su existencia se limitaba a la nómina de la administración del Estado, sus contactos familiares y amistades pasó a una diana increíble, que no solo recibe los dardos, sino que los atrae. Eso es el fútbol y, aún más, un club de la categoría del Barça. No debe ser sencillo ver su propio nombre relacionado con los fracasos de la sección de baloncesto, el primer equipo de fútbol y su filial, además de otras tropelías. La paciencia pocas pruebas superará más exigentes que la negociación con los personajes del fútbol, informales en muchas ocasiones, mentirosos las otras tantas y, en conclusión, malos aliados para cualquier campaña de lavado de imagen que pretenda instigarse. Con ambas resacas se sentó Albert Soler junto a Robert Fernández y asistió como un contable a  través de las explicaciones que ofreció entre las diapositivas y su acompañante. La primera parte de su aparición fue ceremoniosa y más que la ira se percibió cierto cansancio en su comportamiento.

Pero cuanto más suaves se iban haciendo las preguntas del periodismo más ariscas fueron sus respuestas hasta el punto culminante, en que cada vez que abría la boca daba la impresión de que alguna cuita pendiente estaba a punto de resolverse para siempre. Quizás fue la certeza de que esa comparecencia, que llevaba camino de matadero, había sido solventada con cierta comodidad, quizás fue la tensión de todas las semanas de desdichas, pero el escenario se transformó y el dirigente mostró una solidez que, de haberse presentado en las componendas con los otros clubes, habría dado con toda probabilidad con un par más de buenos futbolistas en la plantilla.

Válidos para el chiste o la anécdota, los sucesos demuestran asimismo dos afirmaciones en las que rara vez se repara en el apresurado mundo del deporte: los dirigentes se comportan como personas y, como tales, olvidan con frecuencia que su razón de ser es la de representar correctamente a una organización, ya sean presidentes protegidos o directivos sin coraza.


martes, 15 de agosto de 2017

El tiempo en el Barcelona

El criado llegó sudoroso y asustado a la casa de su señor, quien alarmado por su aspecto le preguntó por las razones del mismo. “He visto a la Muerte en el mercado y me ha sonreído; por favor, dejadme el caballo más rápido de vuestra cuadra para llegar a Ispahán antes del anochecer”. El señor no lo dudó un instante y entregó a su fiel sirviente la bestia más veloz de palacio para que emprendiera su huida. Más tarde, de paseo por la plaza, se encontró a su vez con la Muerte, a quien preguntó por qué motivo había sonreído a su criado. “No era una sonrisa, era cara de extrañeza porque lo he visto aquí, en Bagdad, y debo llevármelo esta noche en Ispahán”.

Este antiguo relato, modificado libremente por tantos escritores contemporáneos, es un ejemplo de cómo las primeras sensaciones no son siempre las más acertadas. El Barcelona está sufriendo esta certeza porque sus dirigentes pueden ser hábiles en la gestión de la abundancia en una empresa pero ineptos para hacer lo mismo en un club. Pensaron que los triunfos no caducan.

El tiempo es lo único que está por encima de las cláusulas de rescisión, las renovaciones de contrato o las directivas perezosas. Este implacable verdugo ha fulminado equipos de época y está haciéndolo con el gran Barcelona. Sus directivos y ejecutivos, iluminados por la exuberancia, no fueron capaces de renovar la plantilla, quizás convencidos de que voltear el organigrama y presentar un proyecto de nuevo estadio eran los cambios que reclamaban los socios porque lo deportivo ya estaba resuelto para siempre.

Pero la realidad es otra: poco a poco, grano a grano, se van cayendo las estrellas, como si se tratara de la vendimia manual del legendario Château d’Yquem, vino favorito del segundo zar Nicolás. Contrariamente a lo que sucede con ese néctar, a la larga el tiempo no realza a los jugadores sino que los difumina. Este inexorable enunciado se pudo comprobar durante gran parte de la temporada pasada y se ha empezado a padecer de forma traumática para el barcelonismo en la recién iniciada, al ser vapuleado en el marcador del Camp Nou por un Real Madrid repleto de chispa.

Aun así, a estos dirigentes les acompaña una cuadrilla de especialistas en el apartado técnico que incluyen al ex entrenador. Nadie fue lo suficientemente hábil como para percibir que músculos y pulmones pierden vigor con el paso de los años. La técnica es algo permanente y sin duda podríamos disfrutar dentro de veinte años de Messi o Iniesta dando quince mil toques a un balón en La Rambla sin que este tocara el suelo, pero el fútbol de alta competición y exigencia requiere un paquete completo de prestaciones. En este aspecto flojea el colectivo azulgrana y los recambios contratados no han cumplido con su papel.

Como en las comedias de enredo, la siguiente escena empeora a la anterior y el verano ha supuesto la despedida de Neymar, perfil idóneo para encabezar cualquier revolución. Ha dado tantas vueltas el asunto que uno no sabe ya si culpar o no a la directiva, pero por ser benévolos mejor declarar a su favor y cargar con toda la deslealtad al futbolista. Aun con eso, los ajenos al Barça bromean sobre su catálogo de sustitutos y los propios temen o rabian por el mismo motivo. Que el primer partido de la campaña vaya rodeado de mal ambiente entre el palco, la grada, los dispositivos móviles y el vestuario es un indicador de que mucho deben cambiar las cosas para que la temporada no sea negativa.

Entre mensajes cargados de rencor ha empezado el Barcelona, con protagonistas que siguen sin ver más allá del presente. Pintan bastos aunque siempre hay un resquicio para la esperanza de sus seguidores porque, aunque mermados, en el equipo siguen estando futbolistas descomunales. En todo caso, de no ser así y extenderse el dominio madridista y el sometimiento azulgrana, no habrá caballos lo suficientemente rápidos para llevar a orillas protegidas a los responsables del estancamiento.