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martes, 15 de agosto de 2017

El tiempo en el Barcelona

El criado llegó sudoroso y asustado a la casa de su señor, quien alarmado por su aspecto le preguntó por las razones del mismo. “He visto a la Muerte en el mercado y me ha sonreído; por favor, dejadme el caballo más rápido de vuestra cuadra para llegar a Ispahán antes del anochecer”. El señor no lo dudó un instante y entregó a su fiel sirviente la bestia más veloz de palacio para que emprendiera su huida. Más tarde, de paseo por la plaza, se encontró a su vez con la Muerte, a quien preguntó por qué motivo había sonreído a su criado. “No era una sonrisa, era cara de extrañeza porque lo he visto aquí, en Bagdad, y debo llevármelo esta noche en Ispahán”.

Este antiguo relato, modificado libremente por tantos escritores contemporáneos, es un ejemplo de cómo las primeras sensaciones no son siempre las más acertadas. El Barcelona está sufriendo esta certeza porque sus dirigentes pueden ser hábiles en la gestión de la abundancia en una empresa pero ineptos para hacer lo mismo en un club. Pensaron que los triunfos no caducan.

El tiempo es lo único que está por encima de las cláusulas de rescisión, las renovaciones de contrato o las directivas perezosas. Este implacable verdugo ha fulminado equipos de época y está haciéndolo con el gran Barcelona. Sus directivos y ejecutivos, iluminados por la exuberancia, no fueron capaces de renovar la plantilla, quizás convencidos de que voltear el organigrama y presentar un proyecto de nuevo estadio eran los cambios que reclamaban los socios porque lo deportivo ya estaba resuelto para siempre.

Pero la realidad es otra: poco a poco, grano a grano, se van cayendo las estrellas, como si se tratara de la vendimia manual del legendario Château d’Yquem, vino favorito del segundo zar Nicolás. Contrariamente a lo que sucede con ese néctar, a la larga el tiempo no realza a los jugadores sino que los difumina. Este inexorable enunciado se pudo comprobar durante gran parte de la temporada pasada y se ha empezado a padecer de forma traumática para el barcelonismo en la recién iniciada, al ser vapuleado en el marcador del Camp Nou por un Real Madrid repleto de chispa.

Aun así, a estos dirigentes les acompaña una cuadrilla de especialistas en el apartado técnico que incluyen al ex entrenador. Nadie fue lo suficientemente hábil como para percibir que músculos y pulmones pierden vigor con el paso de los años. La técnica es algo permanente y sin duda podríamos disfrutar dentro de veinte años de Messi o Iniesta dando quince mil toques a un balón en La Rambla sin que este tocara el suelo, pero el fútbol de alta competición y exigencia requiere un paquete completo de prestaciones. En este aspecto flojea el colectivo azulgrana y los recambios contratados no han cumplido con su papel.

Como en las comedias de enredo, la siguiente escena empeora a la anterior y el verano ha supuesto la despedida de Neymar, perfil idóneo para encabezar cualquier revolución. Ha dado tantas vueltas el asunto que uno no sabe ya si culpar o no a la directiva, pero por ser benévolos mejor declarar a su favor y cargar con toda la deslealtad al futbolista. Aun con eso, los ajenos al Barça bromean sobre su catálogo de sustitutos y los propios temen o rabian por el mismo motivo. Que el primer partido de la campaña vaya rodeado de mal ambiente entre el palco, la grada, los dispositivos móviles y el vestuario es un indicador de que mucho deben cambiar las cosas para que la temporada no sea negativa.

Entre mensajes cargados de rencor ha empezado el Barcelona, con protagonistas que siguen sin ver más allá del presente. Pintan bastos aunque siempre hay un resquicio para la esperanza de sus seguidores porque, aunque mermados, en el equipo siguen estando futbolistas descomunales. En todo caso, de no ser así y extenderse el dominio madridista y el sometimiento azulgrana, no habrá caballos lo suficientemente rápidos para llevar a orillas protegidas a los responsables del estancamiento.


martes, 1 de agosto de 2017

Un Barça débil, con Neymar y sin Neymar

Johan Cruyff se jactaba de que todo aquel que estuviera jugando en su equipo lo hacía por voluntad propia, por formar parte de un colectivo brillante, y no por una cuestión salarial, dado que el Barcelona no era ni mucho menos el que mejor pagaba en el fútbol de la época. Hoy, este mismo deporte ha abierto la puerta a inyecciones artificiales de capital y cuando se introduce a cada vez más millonarios en una sala es inevitable que se acabe hablando solo de dinero.

Los proyectos románticos están dando paso a un fútbol cada vez más convencido de que es mejor tener clientes que aficionados y persuadido de que un talonario elimina más obstáculos que un sistema de juego. El Barcelona está sufriendo con Neymar esta situación. El propio club se ha aprovechado con frecuencia de su primacía financiera y quizás esa experiencia con el guante blanco que ha adquirido la entidad con el tiempo es la que está añadiendo tanto dolor al embrollo con el PSG.

Después de muchas vueltas, la única defensa ante la posible salida de un jugador, por mucho Neymar que sea, es la cláusula de rescisión, a la que se agarra todo club español desde el inicio de un contencioso pero que a la larga pocas veces se mantiene. El genio de Borges recogió en un verso la dualidad que supone disponer al mismo tiempo de los libros y la noche, en una extraordinaria alegoría a la convivencia de su amor por la literatura y su ceguera. El goce y el freno en el mismo espacio, algo similar a lo que se produce con una cláusula de libertad, a la que el mercado asiste con la pausa que provoca la cifra establecida pero a la vez con el ánimo generado por el conocimiento de una cantidad fija, que convierte en irrelevantes los deseos del club que la interpone. El PSG sabe que en todo el proceso no tiene por qué contactar con su homónimo.

Sobre el papel da la impresión de que es una medida de fuerza pero la realidad no es tan benévola. El Barça, acabara como acabara el asunto, no está enviando un mensaje de poder, puesto que la fuerza no es amedrentar al gremio con una cláusula millonaria sino enamorar a los jugadores para que no sucumban a las tentaciones del enemigo. Ha transmitido una doble debilidad desde este punto de vista: hay clubes más poderosos que el Barcelona en la cuenta corriente y en la conquista de los futbolistas, aunque esta tampoco esté alejada de la tesorería. En este escenario, Neymar ha demostrado que es capaz de aplicarse a sí mismo una máxima del mundo de los negocios: si alguien te quiere por el precio, te abandonará por el precio.

Este club dispone de muchos trabajadores en su departamento de comunicación, de calidad contrastada y ánimo inquebrantable. Sin embargo, cuenta al mismo tiempo con una directiva protagonista e incapaz en ese mismo aspecto, cuyas opiniones prevalecen por encima de las profesionales. La debilidad comunicativa en las dos semanas de caso Neymar ha sido tan colosal que se ha tomado como prueba un mensaje en las redes sociales de un jugador, Piqué, que además no era cierto. Hay que reconocer que la junta no es responsable directa de la marcha del brasileño y que debería ser este o el PSG quienes hablaran de los avances de la operación, pero el Barça debería haber sido más explícito al contar la verdad del asunto desde el primer instante. Por miedo o pereza, el club ha carecido de argumentario.

Por si fuera poco, la imagen ha sido erosionada por la sensación de que siempre sido Neymar o, algo aún más dañino, su padre quien ha llevado la iniciativa. Un tipo con cualquier aspecto menos el de león de los negocios ha protagonizado la gira estadounidense del Barcelona. Una estrategia encaminada a difundir las grandezas de la institución por un mercado potencial se ha visto mitigada por las hazañas del progenitor, hasta el punto de que un único individuo ha ensombrecido el desarrollo de una marca universal. Los inversores pueden valorar qué es más rentable, contratar al padre de Neymar o al Barcelona.

El club no ha sido capaz de cerrar la puerta a la especulación. Ha navegado en su frecuente indeterminación y ha entregado las llaves de la actualidad a personas y organizaciones que no le desean ningún bien. No ha sabido dirigir los mensajes y ni siquiera ha controlado la información de un evento que había diseñado él mismo. Ha mandado al mundo del fútbol un mensaje de inestabilidad casi sin proponérselo y ha demostrado que, hiciera lo que hiciera Neymar, el Barcelona es hoy día un paciente débil.


martes, 25 de julio de 2017

El futuro cargado de recuerdos del Barcelona

El Barcelona vive tiempos convulsos por muchos motivos pero el último es quizás el más doloroso, al tratarse de una deslealtad repetida. Neymar ha sembrado discordia al consentir, cuando no promover, nuevos contactos con el PSG. En un club con las defensas bajas tras una discreta temporada, que estrena entrenador y persigue un trabajoso renacimiento, el aguijonazo del brasileño es un virus con muy mala pinta.

El tiempo pasa y la columna del último Barça arrollador está en un proceso de envejecimiento natural, por el que carteles luminosos se van apagando hasta convertirse en papeles amarillentos, cuya grandeza radica en la memoria. Este problema es consustancial al barcelonismo y, tras un notable periodo de bonanza, ha regresado con fuerza al ánimo de sus aficionados. En la asombrosa narración de la historia de Drácula, un párrafo define el auténtico peligro de su castillo: está cargado de viejos recuerdos. Esta materia capaz de encender y apagar la moral al mismo tiempo es la munición de la que se nutre la costumbre autodestructiva del Barcelona.

A nadie escapa que el futuro no tiene buen aspecto para la entidad, inmersa en una gestión tan mediocre que hasta puede afirmarse que el equipo no ganó la pasada Liga por sus propios errores. En Europa le pintaron la cara y los fichajes no rindieron como de ellos se había esperado, lo que cuestiona con justicia la capacidad de los responsables de la necesaria reconstrucción. De convertir al Real Madrid en irrelevante, el barcelonismo ha pasado a recuperar a su bestia. El tránsito de institución modélica a condenada por la justicia ha sido otro varapalo y la parsimonia de la junta directiva desespera a quienes demandan acción.

En cierta forma, la preocupación por el futuro es posible porque existe el recuerdo del pasado. Un niño pequeño pondrá sin cuidado la mano en un fuego sin pensar en el doloroso futuro que le espera con la quemadura. El recuerdo de haberse quemado o de que alguien se ha quemado con anterioridad es la previsión del futuro. En esta tesitura se encuentran muchos seguidores del Barcelona, para quienes los próximos años presentan una previsión muy derrotista porque ya han vivido situaciones muy similares, en las que pese a contar con los mejores jugadores del mundo no se ganaban títulos, se recortaba el rol de la cantera o la corrupción dentro del organigrama lastraba la dirección de la entidad. La evocación de este panorama es el futuro que muchos ya adivinan para el actual Barça.

Sin embargo, la torpeza de Neymar ha contribuido a que la identidad azulgrana se haya reavivado al rechazar con vehemencia la conducta de un futbolista no militante. También ha ayudado a que dos figuras importantes del equipo, Piqué y Mascherano, tributaran un servicio mayúsculo al club al responder sin limitaciones a las preguntas sobre su compañero mientras ni este, ni el equipo que ha provocado el desconcierto, ni el que lo está tolerando se refirieran al caso. Voluntaria o involuntariamente, los jugadores han hecho de la directiva un ente que gestiona operaciones de marketing, contrata a consultores a contracorriente y se refugia en el manual de tópicos para gestionar cuestiones de gravedad. La sensación es que no tiene mucha más utilidad que los aspectos contables y de representatividad y, como sucede en la naturaleza, las cosas que no se utilizan tienden a atrofiarse y desaparecer o quedar extremadamente reducidas.

Pocas organizaciones sabrán mejor que el Barça que nada es eterno, en especial porque sus propios malos días acabaron tras muchos intentos. Hoy ya compite con clubes que le adelantan en presupuesto para gastos y hasta en proyecto, con lo que los negociadores azulgrana acuden desarmados a la mayoría de discusiones y de ninguna forma son capaces de articular al mejor equipo alrededor del mejor jugador. Estas notas forman parte del pasado que cualquier barcelonista anterior al presente siglo puede recordar sin dificultad y son los recuerdos que dibujan el futuro. Memorias que, como en la preciosa novela de Stoker, son las que cargan de pesadillas el porvenir inmediato del Barcelona.


lunes, 17 de julio de 2017

El quinquenio de Neymar

Recostado en la rutina de la retirada, un jugador brasileño comentó que el mayor error de su carrera fue cumplir con el mantra que rodea a sus compatriotas en este deporte: hacer honor a una nomenclatura funcionarial y ser hombres de trienios. El primer año es el de la llegada al club, el segundo es el de la confirmación y el tercero acaba por ser el del aburrimiento, el distanciamiento y la despedida. No debe resultar sencillo trasponer una cuestión casi genética, arraigada en muchos años de historia futbolera, pero aquel personaje sigue lamentando su marcha prematura.

Ya no es el caso de Neymar, que ha sobrepasado este periodo de identidad para sus paisanos y cumple su quinta temporada en el Barcelona. No obstante, este presunto remanso curricular no ha estado exento de polémicas que han convulsionado su etapa azulgrana hasta el punto de que ha vuelto a reavivarse su posible salida del Camp Nou. Como ya ocurrió con anterioridad, el PSG es el protagonista del movimiento y el periodismo el transmisor del mismo.

El club, a través de su secretario técnico y del portavoz de su Junta, ya ha expresado su tranquilidad, algo que no supone ninguna novedad. Tampoco es extraordinario que parte del organigrama defienda con altavoz en público al jugador, mientras en privado cizañea con su nombre. La sombra de Messi hace que quienes saben de fútbol, muchos de sus compañeros, se consideren protegidos para los campeonatos y quienes no tienen ni idea, la mayoría de directivos, se sientan invulnerables para defender las posturas más peregrinas.

Llama la atención la disparidad de opiniones que genera Neymar, según se pregunte por su comportamiento en el césped o en la pasarela. Se le tiene por un brasileño que prepara bien los partidos, cumple con las instrucciones del entrenador en los entrenamientos, no genera tensiones innecesarias en el vestuario y cuida su forma, conceptos inasumibles por no pocos de sus colegas de Brasil emigrados a Europa. Bajo este punto de vista, se convierte en un estupendo jugador de club. Pero el problema con este desempeño es que suele durar una hora y media, dos a lo sumo. Fuera del ejercicio diario aparece la figura de un muchacho joven, que adora disfrutar la vida y su fortuna, y que es acogedor respecto a varios tipos de estridencias.

La lista de agravios mitiga su profesionalidad y envalentona a sus críticos más atroces. La complejidad de su fichaje ha derivado en juicios, sentencias y desprestigio para todos los que tomaron parte en la operación. La opacidad de su llegada al Barça dejaría pálido a cualquier observador imparcial y aún hoy nadie puede afirmar tajantemente que sabe lo que sucedió en realidad. No contribuye a fomentar su imagen la gestión comunicativa que le rodea, desajustada y sin preparación. Tampoco se ha aclarado lo suficiente cómo es posible que sus bajas coincidan con el cumpleaños de su hermana o que haya permitido que su padre se reuniera a puerta abierta con el PSG, algo a lo que se dio poco recorrido pese a que no deja de ser una deslealtad.

En un curioso giro de la heráldica, el chico tiene en sus pies la corona de ser el mejor brasileño de la actualidad. El fútbol de su país está en un pozo muy profundo desde hace una década y solo la victoria en los últimos Juegos Olímpicos ha compensado los sinsabores de sus aficionados. Por el momento, esa condición de liderazgo en la selección está afianzada. En el Barcelona, Neymar está rodeado de, entre otros, el mejor jugador posible, y a su favor debe apuntarse que siempre ha sabido convivir con este papel de actor secundario. Sin embargo, para un futbolista de su categoría, que lleva cuatro temporadas en el Barça, resulta un pobre expediente que solo se hable de un par de grandes actuaciones como si se tratara de reliquias medievales.

Lo más insólito de la situación es que, hasta hoy, la gestión deportiva del Barcelona ha estado más pendiente de las oficinas que del campo y este foco desviado es descorazonador para los seguidores. La llegada de un nuevo entrenador puede cambiar la convivencia en el camerino pero precisamente eso es algo que ya funcionaba entre los futbolistas. Pocas caras reflejaron la decepción de la eliminación europea como la de Neymar, quien perdía al mismo tiempo la eliminatoria frente a la Juventus y cualquier opción para aparecer como candidato a los premios de la temporada. Sin cambios de calado, tal vez la mayor transformación sea que Neymar siga sin problemas en el Barcelona en el año de su quinquenio.