jueves, 2 de noviembre de 2017

Mixtos por la igualdad

Hace unos días, una niña llamada Emily Nash, de 13 años de edad, se impuso en un torneo de golf entre escuelas organizado en una localidad de Massachussets, en los Estados Unidos. Este logro deportivo habría sido irrelevante en una sociedad igualitaria tanto como en una humanidad que desatiende el deporte infantil o aficionado en cualquier comparación con la actividad profesional. Pero el triunfo de Emily no solo es destacable por haberse conseguido en un torneo mixto, sino porque su victoria no mereció el premio, que se otorgó al segundo clasificado.

No le sirvió a nuestra heroína disputar los mismos hoyos que sus rivales masculinos, salir desde el mismo punto (tee) en cada uno de los recorridos ni avanzar en cuatro golpes a sus perseguidores más próximos. Una vieja regla establece de forma implacable que las niñas solo pueden computar como miembros de un equipo, sumándose su desempeño al colectivo y desmereciendo su concurso individual. De ese modo, la gran actuación de la vencedora sirvió para sumar puntos a su colegio, no para recibir el trofeo que tanto merecía. Los organizadores y jueces se remitieron a la normativa para cerrar el asunto.

Los avances por la igualdad se producen a diario en el universo del deporte pero no alcanzan a todas las especialidades ni lo hacen con la contundencia necesaria. Tampoco es sencillo encajar los deseos de todos los grupos de interés que intervienen en este tema y menos aún determinar en qué deportes pueden competir hombres y mujeres mezclados o entre sí. En todo caso, un buen inicio sería desconectarse de la tradición que aporta normativas rancias y evolucionar tal y como lo hace la sociedad.

Existen algunos eventos que permiten su disputa en equipos mixtos pero solo un deporte, el korfbal se disputa con esa modalidad de forma reglamentaria. El motociclismo y el automovilismo son ejemplos de coexistencia masculina y femenina pese a que cada vez es más importante la forma física para su participación. Hace unas semanas, Ana Carrasco se convirtió en la primera mujer que se impone en una prueba de un campeonato mundial de motos. La Fórmula 1 o la Indycar han contado con representación femenina a lo largo de su historia: de las 956 carreras del campeonato del mundo entre 1950 y 2016, 16 han disfrutado de mujeres en la parrilla, un 1,67 por ciento; en la categoría estadounidense, de 304 pruebas disputadas entre 1996 y 2016, 211 han sido las que han tenido mujeres pilotando, un 69,41 por ciento. Otros deportes, como la equitación, la vela o el tenis han permitido parejas mixtas en exhibiciones y algún partido oficial.

Un importante paso adelante lo protagonizó el Comité Internacional Olímpico, que en su asamblea celebrada en el mes de junio aprobó una serie de medidas que facilitarán tanto el espectáculo como un mayor protagonismo de las atletas. De hecho, con estas iniciativas ha conseguido que, pese a reducirse el número de deportistas en general, los Juegos Olímpicos de Tokio sean los que mayor participación femenina van a registrar de toda la historia. Relevos como el 4 x 400 de atletismo y el 4 x 100 estilos en natación serán mixtos, al igual que alguna modalidad de triatlón, tiro con arco y dobles en el tenis de mesa.

El fútbol es indiscutiblemente un altavoz fabuloso para todo tipo de movimientos, en especial los de carácter social. El último encuentro de la Liga femenina, disputado entre Atlético de Madrid y Barcelona, tuvo niveles muy notables de audiencia, así como muchos otros acontecimientos con concurso exclusivamente femenino y que han sido fructíferos para el palmarés de sus países. En todo caso, cualquier herramienta saludable es buena para acercar a ambos sexos a la élite del deporte, con iguales retribuciones y premios.

Tampoco el periodismo queda exento de culpa en todo este embrollo. Según un estudio de la organización Women’s Media Center, en las secciones informativas de los medios de comunicación la de deportes es la menos femenina, dado que cuenta con una media del 11 por ciento de representación, seguida por la información meteorológica, con un 28 por ciento, y la de juzgados, con un 32 por ciento de mujeres enroladas. Son datos que corresponden a estructuras norteamericanas pero no son irrelevantes en su extensión al resto del mundo. Todos los actores del deporte, proyección de los actores de la sociedad, estamos llamados a seguir adelante, a evitar discriminaciones de cualquier tipo y a fomentar la igualdad porque una educación igualitaria tiene la oportunidad de aprovecharse del talento de toda la población, no solo de una mitad.



martes, 24 de octubre de 2017

De premio, un balón

Una revista científica, Current Biology, ha publicado un informe en el que se demuestra que una especie de musarañas, animalillos similares a los ratones, son capaces de reducir el tamaño de su cabeza un 30% cuando llega el invierno. Esta capacidad ha sorprendido a los investigadores tanto como ha abierto una nueva ruta para escapar del engorroso proceso de la concesión de los premios de mejor futbolista masculino y femenina.

Pese a que los días previos han sido más benévolos con los descreídos de estos galardones, la pompa de la gala organizada por la FIFA, las opiniones que aficionados de todo pelaje han lanzado en las redes sociales y el ego aumentado o herido de sus protagonistas son una cantinela que sigue al mismo tiempo enamorando a la clase dirigente del fútbol y desencantando al resto, exceptuados los ganadores.

El Balón de Oro fue un premio de enorme prestigio pese a que nació con unas limitaciones que hoy serían inaceptables, ya que apartaba de su elenco de candidatos a todos aquellos futbolistas que no fueran europeos. Más tarde se amplió el abanico a cualquiera que jugara en un club del viejo continente. Por último, la revista France Football, creadora de la iniciativa, llegó a un acuerdo con la FIFA, que por su lado concedía otro galardón, para aunar ambos reconocimientos. De toda la historia, lo único que se podía conocer de antemano era el final: publicación y organismo han acabado por separarse y volver a las antiguas costumbres.

Sin embargo, la imagen del Balón de Oro está seriamente dañada. La FIFA es como el eucaliptus, que absorbe todo lo que entra en contacto en ella y de ese modo erosionó la hermosa tradición periodística. Una organización de corrupciones probadas, de repente, adquiría los derechos de una vieja propuesta y convertía la entrega, casi íntima, del premio en una tómbola comparable a los peores festivales veraniegos.

Son los futbolistas un gremio arisco con la publicidad. Por cada ganador de trofeos individuales hay millones de damnificados que son, como mucho, segundos. Los compañeros de equipos de leyenda quedan reducidos a la medalla de los títulos obtenidos y a un recordatorio protocolario en el discurso del premiado. Todo este doloroso proceso, en un pequeño plató, a la usanza de los actos organizados por France Football en su día, queda dulcemente mitigado. Hoy, con la transmisión para todas las televisiones, la prodigiosa red de internet y las mayores condiciones para la comunicación de la historia de la humanidad, su visionado se ha multiplicado de forma exponencial.

La Liga española ha tenido la suerte o la habilidad de conseguir que dos de sus jugadores sean quienes se han repartido esta distinción durante la última década. Para contentar a unos y a otros, la FIFA ha variado el sistema de puntuación y votación, se ha pasado la mano por el hombro o por el talonario a los disconformes y a otra cosa mariposa. Su brillo ha sido tal que incluso cegó a los programadores del evento, incapaces de adivinar que la mejor jugadora del mundo no podría estar presente en el espectáculo, concentrada con su selección. Llama aún más la atención que este impedimento se deba a una competición que depende de la propia FIFA, incapaz de armonizar agendas.

En la deriva del fútbol actual, ni la revista ni la federación son las mismas de hace medio siglo. Los futbolistas también han evolucionado, como lo ha hecho la sociedad, que alberga a todos estos protagonistas y añade otros muy importantes: los aficionados. La FIFA ha desoído por norma a los seguidores y también a los futbolistas. A estos los contenta con una pamema monumental durante tres cuartos de hora; a los seguidores, por el momento, sigue sin responderles, como si no hubiera balones suficientes para entregar.


miércoles, 18 de octubre de 2017

El preso Barcelona

Cada partido del Barcelona tiene en estos tiempos una doble previa: la de carácter deportivo y la de tipo político. Pocas veces ha estado tan observado el club desde la sociedad, que lo considera un referente para todo tipo de movilización y un altavoz incomparable para la difusión de ideas.

Asiste la razón a quienes ven en el Barça esta dualidad. Se trata de una entidad con un recorrido internacional en la opinión pública que difícilmente pueden conseguir administraciones políticas o multinacionales financieras. A su vez, la integración del club en la sociedad barcelonesa y catalana le ha dotado en múltiples oportunidades de un reconocimiento especial como participante en distintas iniciativas. No solo la política, cuestiones sociales o humanitarias han sido con frecuencia promovidas desde el Barcelona en armonía con la ciudadanía.

Sin embargo, el romance del independentismo con el club pasa por malos tiempos. Hay quien dirá que debe estar separado el fútbol de la política pero se trata de un divorcio imposible desde el momento en que los palcos se llenan de políticos y empresas públicas o administraciones financian con publicidad, subvenciones o ayudas a obras las estructuras deportivas. El Comité Olímpico Internacional y la FIFA son grandes defensores de la separación, pero visto está que sus honorables sentimientos han sido más bien barreras para la investigación de sus opacas actividades.

La historia del Barcelona le ha situado, además, como un actor dentro de la sociedad. Tiene una condición de organización global, con aficionados en todo el mundo, que no siempre han compartido los ideales defendidos en momentos puntuales por la institución. Con el tema del independentismo se ha vivido esta situación porque las posturas son más irreconciliables que, por ejemplo, en el caso de una protesta contra el racismo o el consumo de drogas. En ese ámbito tan complicado se está moviendo el Barcelona.

Fue criticado por disputar el partido ante Las Palmas al mismo tiempo las imágenes de televisión ofrecían ciudadanos apaleados mientras pretendían votar. En esa ocasión, la tibieza de la que acusaron al Barça vino por el deseo de algunos jugadores de disputar el encuentro y el temor a que la sanción correspondiente por no celebrarlo fuera irrecuperable dentro de los terrenos de juego. En el partido ante Olympiakos, con dos notables del movimiento independentista en prisión, la propuesta barcelonista fue una pancarta enorme en el centro del tiro de cámara, en la que se reclamaba diálogo, respeto y deporte, acompañada de una invitación a las asociaciones que han sufrido el encarcelamiento. Los dos eventos resultaron escasos a ojos del independentismo, que además denunció la confiscación de pancartas con mensajes por parte de los trabajadores del club en las puertas de acceso.

El Barcelona ha estado preso en ambas situaciones: de su propia condición de club ganador y de su no menos desdeñable posición como huésped de un partido de la Liga de Campeones. En la primera circunstancia, es cierto que no habría necesitado escuchar a nadie para echar el cerrojo al estadio y cancelar el partido de Liga. En la segunda, una vez aceptadas las prerrogativas de la UEFA es muy complicado saltarse su control: las pancartas fueron un botín sobre el que la Junta azulgrana poco dominio podía tener. Si el Camp Nou no puede disponer ni de su propia publicidad en un partido, difícil será que pueda llenarse de mensajes reivindicativos, por muy admirables que estos puedan ser. Esta circunstancia ya la sufrió cuando por el mero hecho de llenarse de banderas fue investigado y sancionado por los organizadores de la competición europea. 

Al mismo tiempo, es preso de otro aspecto y no siempre somos conscientes de ello: es una entidad privada, con ciertas ventajas fiscales, pero privada. A los clubes de fútbol se les mira como si fueran propiedad universal, con un escrutinio al que no se somete ni a la separación de poderes de un estado. Es la grandeza de este deporte y al mismo tiempo la prisión en la que se encuentran sus participantes: responder, siempre, a la altura de las circunstancias. Esta es la peor cárcel en la que cualquiera puede pasar su existencia.


martes, 10 de octubre de 2017

El país Fútbol Club Barcelona


El Barcelona anunció hace unas semanas su presupuesto y lo presentará a su asamblea de compromisarios en pocos días. En un inexorable camino hacia los 1.000 millones de euros de ingresos, el equilibrio en la presente temporada se producirá en torno a los 897 millones, muy por encima de sus dos grandes rivales en el campeonato doméstico, Real Madrid (unos 690 millones de euros) y Atlético de Madrid (sobre los 343 millones de euros).

Pese a contar con una entrada inesperada de capital, la cláusula de rescisión de Neymar, de más de 200 millones, el club tiene en mente alcanzar en uno o dos ejercicios esa cifra redonda de los 1.000. Para dar una idea de la magnitud de esta cifra, a la comparación con su competencia puede añadirse el presupuesto de Mercedes o Ferrari en la Fórmula 1, rozando sin llegar a los 500 millones de euros, y el de la escudería más modesta, Sauber, que con sus 90 millones de euros no podría componérselas para pagar los salarios de un cuarto de la plantilla en el Camp Nou.

La cantidad es enorme y da unas pistas sobre quién manda en la sociedad. Los políticos de todos los colores están atravesando una etapa en la que se arrogan más importancia de la que pueden tener y olvidan en qué parte se encuentra el verdadero poder. La actualidad lanza titulares sobre la mudanza de la sede social de algunas empresas lejos de Catalunya, con lo que los temblores en la mal nombrada clase política y también en la económica no han tardado en producirse, conscientes con retraso de la influencia del capital en la mayoría de acontecimientos cotidianos.

Existen diversas formas de medir la riqueza y el Producto Interior Bruto (PIB) es una de ellas, aunque se trata de un sistema cada vez más cuestionado. Como la intención de esta comparativa permite cierta lasitud en el análisis, consideraré este indicador, por otra parte no descartado en todos los círculos. En el caso de Catalunya, el municipio con el mayor PIB es la ciudad de Barcelona, con más de 64.000 millones, muy alejada de la segunda localidad de la tabla, L’Hospitalet de Llobregat, con 5.700 millones. Pero con el presupuesto azulgrana, el club convertido en población ocuparía el lugar 37 de toda la comunidad autónoma, entre los 909 millones de Tortosa y los 879 de Sant Adrià del Besòs. Ayuntamientos como Sant Just Desvern, Blanes, Olot, Sitges, Cambrils, El Masnou o Banyoles estarían por detrás del Barça, convertido en la empresa número 28 de toda Catalunya con esas cifras en cuanto a facturación y la 167 del estado español.

Al subir la escala pierde poder el Barça pero aún así es capaz de tener un presupuesto superior al de los cinco países con un PIB más bajo del mundo juntos (Tuvalu, Nauru, Kiribati, Islas Marshall y Palau), desconocidos en su mayoría pero naciones oceánicas independientes y todas ellas participantes habituales en los Juegos Olímpicos. En la circunstancia de que el Barcelona fuera un hipotético estado, su ubicación en la relación del PIB estaría entre Samoa y St. Kitts & Nevis, y cerca del país africano de Gambia, cuyas cifras se hallan alrededor de los 960 millones de euros.

Hasta ese punto llega la dominancia del mundo empresarial y, en este caso, deportivo. Sin embargo, la cantidad divulgada por la entidad barcelonista se queda en nada si la comparación se realiza con las grandes multinacionales. La empresa que mayor facturación presentó el año pasado en todo el mundo lo hizo con unos 485.000 millones de euros, lo que la situaría como el país número 24 del planeta, entre Suecia y Nigeria. La suma de las cinco compañías que más facturan supera al conjunto de los cien países más pobres y la agregación de las diez mayores empresas deja pequeña la de los 34 países más ricos de la OCDE, a excepción de los Estados Unidos.

Este es el mundo que hemos heredado y el que estamos construyendo, por llamarlo de algún modo. Las desigualdades sociales se extienden al deporte y cada vez resulta menos frecuente encontrarse sorpresas agradables como la clasificación de Islandia para la Copa del Mundo de fútbol o la supervivencia en la élite de equipos como el Leganés. Mientras la sociedad y la política circulan en direcciones opuestas, el negocio, con algunos deportes incluidos, es el que asfalta sus caminos.