martes, 4 de abril de 2017

Millones de valores

El pasado fin de semana, Barcelona y Real Madrid publicaron en sus redes sociales el logro de alcanzar los 100 millones de seguidores en Facebook. La coincidencia sirvió para constatar que la competencia entre ambos clubes sobrepasa el ámbito deportivo y fue coetánea a una sobredimensión de los valores que estas entidades representan. Aunque no es una discusión nueva, esta situación vino provocada por las últimas declaraciones del azulgrana Gerard Piqué y se empleó para rellenar espacios en los medios de comunicación en días sin competición de clubes, con lo que cierta polémica volvió a apoderarse de la información futbolística. En un concurso de pavos reales, sus plumas son lo más vistoso, sin reparar en que es la evolución y no el propietario quien las ha puesto ahí.

Existe un proyecto en unos enormes suburbios de Nairobi, la capital de Kenia. Es una más de las numerosas iniciativas casi anónimas que defienden que el deporte, el fútbol en este caso, es un fantástico invento para alcanzar la igualdad, mitigar o eliminar la pobreza, educar en la paz y construir, en suma, un mundo mejor. La Asociación de Deportes de Juventud Mathare cumple ahora 30 años. Mathare es el nombre de esa zona deprimida dentro de una tierra ya de por sí desasistida. La entidad tiene 66 amigos en Facebook y casi los mismos seguidores en twitter (1.533) que yo, lo cual da buena muestra de su carestía.

Esta institución comenzó su trayectoria centrada en los problemas causados por las graves enfermedades de transmisión sexual y, poco a poco, ha ido extendiendo su actividad benefactora. De unos cuantos chavales que encontraron educación para corregir sus prácticas a través de la disciplina del deporte y el compañerismo han pasado en tres décadas a reunir a miles de jóvenes en pequeños campeonatos de varios deportes, aunque una gran mayoría corresponden al fútbol.

No es una sociedad centenaria como los clubes mencionados en el primer párrafo, ni tiene los millones de aficionados o euros de los que ellos disponen, pero podrían competir cara a cara en algo que da la impresión que solo pertenece a los grandes, al menos por la cómplice publicidad que en estos tiempos se está haciendo de ello: los valores.

En lugar de dos presidentes multimillonarios y técnicos de pedigrí, la Asociación Mathare funciona en base a la autogestión de los jóvenes. De esta manera se les ayuda a integrarse en un mundo que les reclamará, tarde o temprano, diligencia. Son más de 200 los líderes de grupo y entrenadores elegidos, con una media de 16 años de edad, y de los que la mitad son chicas. En zonas donde la igualdad entre los sexos es utópica en muchos casos, el fútbol ha servido para reforzar la posición de la mujer ya desde sus primeros años de vida: muchas no pueden heredar, trabajar, conducir, escoger a su pareja o celebrar su cumpleaños. La sección femenina del Barcelona va a jugar las semifinales de la Champions y el Madrid ha anunciado su creación con carácter formativo, pero la mujer en el deporte sigue sin alcanzar la posición equitativa que le corresponde. En la comparación, Mathare se llevaría la palma social aunque probablemente no los títulos.

El caso es que los valores son intrínsecos a la bondad, no a la riqueza. Barcelona y Real Madrid, como muchos otros clubes y campeonatos, disponen de sus fundaciones y les dan razón de ser a través de la creación de escuelas y planes de ayuda en lugares como Mathare. Tienen sus innegables valores pero fallan al hacer ostentación de ellos, lo cual denigra a muchos que defendieron sus colores en épocas menos rimbombantes y empequeñece a titanes sin nombre que van por el mundo con el objetivo de mejorarlo. Quizás no tengan su sitio en la sociedad de la competitividad, pero en la de los valores Mathare y tantos otros son magníficos exponentes de que, por encima de la propaganda, hay fórmulas para mirar a los ojos de la élite del deporte.


Escudo de la Asociación Juvenil Mathare de Deportes, extraído de su perfil de twitter

martes, 28 de marzo de 2017

Johan, marca registrada

Al año del desdichado fallecimiento de Johan Cruyff se han sucedido las referencias a su importancia en el mundo del fútbol. Es tan grande su magnitud en este ámbito que otras de sus revoluciones han quedado desenfocadas, pese a que en esos otros aspectos fue tan visionario como en el desarrollo de su deporte. Cruyff fue una figura que se adelantó muchos años al marketing en su sector, hasta el punto de que incluso hoy día muy pocos futbolistas han llegado siquiera a interpretar sus actuaciones como un paso necesario en el cultivo de su imagen.

Pronto comenzó el holandés a convertirse en personaje, status mucho más longevo que el de mero deportista. En la Copa del Mundo de Alemania, en la que Holanda dio más que hablar que la propia campeona, lució dos bandas en las mangas de su camiseta mientras el resto de sus compañeros vestían tres. Un desacuerdo con la federación de su país se saldó con esa medida unilateral y la explicación de que en tanto que la camiseta pertenecía al país, la cara era de Johan Cruyff.

Fueron numerosas sus incursiones en la publicidad, aunque la más impactante correspondió a la campaña contra el consumo de tabaco, una vez repuesto de un infarto que le sorprendió en su etapa de entrenador del Barcelona. Pero el aura que le rodeaba le convertía a la vez en alguien cercano y en alguien inalcanzable. Capaz de conceder entrevistas sobre el césped poco antes de que comenzaran los partidos y de admitir a los informadores en el avión y el hotel del equipo, pero también de ceder con el paso de los años las conferencias de prensa a su ayudante por sus desavenencias con la directiva. Un periodista consiguió llamarle a casa y, tras rogarle una entrevista, Cruyff le pidió un favor: a cambio, debía decirle quién le facilitó el número. Nunca se hizo ese reportaje por la deontología del solicitante.

Jugaba los partidillos contra los periodistas y gustaba de compartir un rato de tertulia nocturna con los pocos enviados especiales en el hotel las vísperas de los encuentros lejos del Camp Nou. En una de esas charlas reconoció que Laudrup (cuestionado en sus últimos tiempos de azulgrana) tenía un problema: era como él, que al 60 por ciento era mejor que todos los demás al cien por cien; pero ese problema estribaba en que él era su entrenador y lo quería siempre al cien por cien, algo que el danés no ofrecía.

En sus relaciones con los jugadores también se granjeó ese carisma. Una tarde Romario llegó con retraso al autocar del equipo. Al subir al mismo, se escucharon los reproches y quejas de un par de jugadores importantes. Cruyff, sin mover su gesto, les espetó que si ellos faltaban el transporte se iba, pero que si era Romario el tardón, la expedición esperaba.

Acusado de gandul por el presidente del Barça, Cruyff explicaba su punto de vista, por ejemplo, en cuestiones sobre ensayar las jugadas a balón parado. A su juicio, si el futbolista que lanzaba era incapaz de entender por sí mismo que a la tercera falta en que salta la barrera rival hay que disparar por debajo, no era posible preparar alguna estrategia y que tuviera éxito. La sencillez fue una de sus notas distintivas y siempre defendió jugar contra el viento para sorpresa de la liturgia de los deportes al aire libre. Desconfiaba tanto de los porteros que prefería que el balón fuera hacia ellos en los centros laterales a que tuvieran que salir de la portería a buscarlo conforme se alejaba a favor de la corriente. Desmontar esta preferencia consuetudinaria era solo una demostración de su carácter intrépido, más propio de una melenuda estrella de rock que de un competitivo preparador.

Pero este era Cruyff, defensor del talento por encima de todo, hasta el punto de intentar convertir en superdotados a sus hombres. Desde la infancia, defendía, hay que jugar en la calle para aprender pillerías y para afianzarse técnicamente al controlar el balón y el cuerpo para no caerse al duro suelo. Esa ley callejera era la que, cual teoría darwinista del deporte, elegía a los buenos para el fútbol y a los malos para jugar al escondite.

La marca Johan Cruyff sigue adelante. Mejor no pensar que fue el destino quien se lo ha arrebatado tan pronto al deporte para no descreer de la providencia, pero es innegable que ha dejado al fútbol tan huérfano de un personaje como pródigo en maravillosos recuerdos.


martes, 21 de marzo de 2017

Veinte años con Patapalo

Pocas cosas se han resistido al marketing deportivo pero uno de los casos más llamativos fue el de Rivaldo. Se cumplen ahora 20 años de la llegada de este fantástico jugador al Barcelona y es interesante repasar cómo uno de los mejores futbolistas de los últimos decenios ha tenido que luchar contra sí mismo y la opinión pública para hacerse con ese lugar de privilegio en el libro del fútbol.

La pasada semana, con motivo del partido del Barcelona ante el Valencia, se repitió la espectacular chilena con la que Rivaldo anotó el gol que impidió que el Barça quedara fuera de Europa por primera vez en su historia y que provocó una reacción en público y jugadores similar a la del reciente encuentro de la remontada frente al PSG. Pero ni siquiera esta acción con tanto simbolismo en la imaginería azulgrana le sirvió para salir del club con honores.

Toda la vida de Rivaldo dio para un libro novelado, lo que en cualquier otro gran deportista habría repercutido en éxitos de ventas, ediciones en distintos idiomas o conferencias del protagonista. Sin embargo, la comunicación y el marketing siempre pasaron de largo. Creció en una familia pobre y numerosa, siempre fue el peor jugador de los tres hermanos varones, y no tiene fotografías de su infancia por la carestía familiar, más allá de una instantánea que hizo un trabajador del club al equipo. De niño vendía pasteles a otros chavales a la salida del colegio o repartía comida y bebida por la playa. Organizaba rifas populares o se apostaba en las puertas de los mercados para ayudar a los clientes a llevar las bolsas más pesadas. Cazaba pájaros vivos para venderlos por el barrio y padeció los problemas que afectan a los chicos malnutridos.

Cualquiera que hubiera conocido su historia lo tendría como ejemplo de superación, sacrificio, esfuerzo y éxito. Más aún tras la muerte trágica de su padre, atropellado por un autobús, y de la que se enteró su familia casi 24 horas más tarde al escuchar el accidente por la radio tras una madrugada de sobrecogimiento ante la ausencia inexplicable del patriarca. El niño Rivaldo tenía una especial habilidad con las matemáticas pero le servía para hacer cuentas con su padre para ver de qué modo estirar los exiguos ingresos más allá de los 10 días que solían cubrir.

Como jugador, se ganó el sobrenombre ofensivo de Patapalo. En su primer gran partido de club, tras marcar el gol de la victoria, no pudo responder a los periodistas y en su lugar se puso a llorar de timidez delante de los micrófonos. Su madre y algunos entrenadores le recomendaron estudiar porque visualizaban que no se ganaría la vida con el fútbol. Nunca fue internacional en las categorías inferiores. En la selección fue siempre un maldito, al provenir del noreste de Brasil y no tener al periodismo a su favor. Le culparon de eliminaciones y derrotas, las grandes marcas renegaron de él y hasta se publicó que sus problemas con el carisma se debían a que no iba con modelos y grandes coches, no se peleaba ni celebraba los goles con chispa: al final, ¿quién quiere parecerse a alguien que se parece a millones de personas?

Incluso llegó al Barcelona, no por ser el mejor, sino para sustituir al mejor, en aquel caso Ronaldo. Sus días de azulgrana estuvieron marcados por la polémica con los jefes (el presidente Núñez y los entrenadores) que ya le engañaron incluso antes de firmar su contrato, y la complicidad con los jugadores. Se le buscó equipo varias veces, firmó la renovación sentado en el suelo de un despacho, el de Joan Gaspart, en obras y se marchó con la misma celeridad con la que llegó.

Ganó un Balón de Oro y un FIFA World Player, cuyo trofeo le molestó especialmente al consistir en un “pedazo de vidrio” en lugar de una enorme copa. Amó jugar al fútbol pero no le gustó el mundo del fútbol. Rivaldo, el enemigo del marketing, se definió a sí mismo cuando, recién conquistado el premio de mejor jugador del mundo, preguntó ¿y ahora qué?, en contraste con la voracidad que hoy día demuestran, por ejemplo, Messi y Cristiano. Patapalo fue uno de los grandes, sin duda, más allá de las entrevistas y las fotografías, un deportista muy completo en el césped pero muy líquido fuera de él.

Fotografía de Pablo Rey en Teresópolis, Brasil
Rivaldo, junto a Kaká y Ronaldo

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martes, 14 de marzo de 2017

Árbitros de La Liga: juicios y jueces

Aunque el problema arbitral del fútbol no es exclusivo de La Liga (por ejemplo, hay países en los que los partidos más importantes son dirigidos por árbitros extranjeros) sí se puede considerar que el grado de crítica que se alcanza presenta una continuidad que no se aprecia en otros campeonatos.

España es un país que siempre ha buscado las excusas en los demás: fue culpa de Gran Bretaña que perdiera su imperio, de Napoleón que se quedara sin reyes, de la intervención extranjera el resultado de sus guerras, de los propios españoles que Israel ganara Eurovisión y España quedara subcampeona. Como no podía ser distinto, el fútbol que arraiga en lo más profundo de los sentimientos resulta un nicho extraordinario para encontrar responsables de las desgracias.

Como reconocer los méritos de los rivales tampoco es la práctica más extendida del país, resulta más confortable crear enemigos neutrales mediante, precisamente, el despojo de esa neutralidad. Los árbitros son el paradigma de culpable en un mundo, el fútbol, que devora con rapidez lo sucedido sin dejar más restos que los marcados por el interés particular de cada uno. De esta manera, los llamados colegiados reciben semana tras semana su dosis de estopa y, lo que es más llamativo, la sociedad entiende que estos hábitos ya forman parte del bestiario popular. Ser árbitro hoy en día coloca a cualquiera en la picota por definición.

En general son buena gente los jueces del fútbol. Seguro que intentan hacer su trabajo lo mejor que pueden y con certeza si tuvieran más tranquilidad y más ayuda humana y tecnológica serían mejores todavía. No obstante, guardan todavía tintes autoritarios que ya deben tomarse como fuera de tiempo, al igual que esas herramientas avanzadas que sorprendentemente aparecen en los yacimientos arqueológicos. Como tal deben tratarse los gestos de excesiva autoridad, innecesarios desde el momento en que un simple sonido del silbato hace que se detenga el juego y se atiendan sus decisiones. El problema de la impopularidad de los árbitros es, puestos a seguir buscando culpables, de ellos mismos, del estamento que los dirige y que prefiere seguir al margen del deporte en lugar de implicarse en él.

Si se pregunta en una encuesta por profesionales del deporte, ¿quién diría un árbitro de fútbol? Futbolistas, golfistas, nadadoras, gimnastas, jinetes o pilotos protagonizarían la mayoría de las respuestas y, sin embargo, los árbitros de fútbol practican deporte, de hecho, mucho más que los sedentarios jueces de gimnasia, tenis o natación y más que los del baloncesto o el balonmano. ¿A qué se debe que no aparezcan en la memoria de los aficionados? Han adoptado la imagen de opacidad en la gestión, con unas prácticas de promoción o relegamiento y unos procesos que no aprobarían ni en el más generoso de los test de transparencia y se han distanciado a propósito de los corazones. En un mundo marcado por el acceso a la información y la comunicación universal imponen el silencio a sus profesionales y pretenden hacer lo propio con aquellos con quienes comparten el protagonismo del fútbol al denunciar las declaraciones que cuestionan su trabajo. No se trata de insultos sino de discrepancias y esta iniciativa transgrede las más elementales normas de la libertad de expresión.

Por descontado, seguirá habiendo culpables porque la mentalidad de una sociedad milenaria necesita más argumentos que la benevolencia para transformar sus costumbres. Pero si se trata de construir un espectáculo atractivo, participativo, que tenga en cuenta a profesionales de diversos sectores y a los aficionados, que pueda exportarse como ejemplo de buenas prácticas y rentabilidad económica y social, es necesario que todos se crean parte del mismo, en lugar de verse por encima.




domingo, 28 de febrero de 2016

La letra pequeña de Infantino

Gianni Infantino es el nuevo presidente de la FIFA, Federación Internacional de Fútbol. Su elección ha significado el cierre al tortuoso proceso iniciado con las investigaciones del FBI sobre delitos monetarios de varios miembros de la organización y que ha salpicado de paso a los presidentes de la propia FIFA y de la UEFA.

Envueltas las votaciones en una promesa colectiva de regeneración, lo cierto es que han sido los miembros del sistema quienes han acabado eligiendo al mandatario entre algunos de ellos. El elenco ofrecía currículums tan llamativos como el del propio nuevo presidente, estrecho colaborador de alguno de los altos cargos inhabilitados, o el de su mayor competidor, acusado de violar no pocos derechos fundamentales de las personas.

El mundo del fútbol genera tantas pasiones como sospechas pero a poca gente le ha parecido reprobable este paralelismo. A día de hoy se pueden destacar ya algunas declaraciones, artículos y manifiestos contrarios a la gestión indecorosa de los organismos que manejan este deporte, pero estas reacciones teatrales dicen tanto de sus autores como de sus destinatarios. Los malhechores tienen su parte de culpa como es de justicia, pero los patrocinadores se han inhibido de todos los pestilentes procesos con el recurso de las cláusulas de confidencialidad; las autoridades europeas han convivido con esta organización desde hace más de un siglo y han tenido que ser los estadounidenses quienes hayan removido el cotarro. Lo mismo vale para el periodismo, que relegó a cuestiones exóticas las investigaciones y denuncias de los pocos que se atrevieron a hurgar en los asuntos de la FIFA. A la ciudadanía solo le ha resultado llamativo que quienes han sido capaces de multiplicar el fútbol a nivel mundial hayan incrementado exponencialmente sus beneficios privados según ponían chinchetas en el mapamundi.

Los informes que se han ido publicando acerca de la transparencia o las buenas prácticas en el deporte y, más concretamente, en el fútbol han sido a cuál más sonrojante. Las asociaciones que han votado a Infantino ocuparían posiciones preeminentes en los índices de corrupción más independientes pero, sin embargo, allí estaban y se convertían en voz y voto de todo el planeta futbolístico. Jugadores de ambos sexos, entrenadores, clubes y aficionados no tienen cabida en esta elección.

Quizás el problema sea que el fútbol forma parte de una sociedad a la que en su mayoría estas cosas le parecen normales. Solo hay que repasar cómo funcionan a nivel interno los partidos políticos, los sindicatos, las grandes corporaciones, un montón de pequeñas y medianas empresas, las universidades o ciertas religiones mayoritarias. Reducir másteres de dirección a prácticas de conchabe debería entenderse como una involución pero mientras exista un sistema capaz de garantizar por contrato que en cien años se puedan cantar millones de goles quién va a reparar en la letra pequeña.